Fué, hace pocas semanas, en Verdón. A lo largo de los Improvisados cobertizos de tablas. decorados como sabe hacerlo el gusto francés, capaz de convertir los barracones en alcázares, se extendían adornadas con cintas de los colo-res galos y norteamericanos las mesas sobre las cuales se ofrecía a los legionarios un ban-quete de fraternidad. Una vez más iba a ser confirmado el pacto de defensa y de conviven-ela pacífica, que había sido, durere la guerra, lealmente cumplido y sellado con la sangre de millones de combatientes. Los más ilustrados asistentes aj ágape Internacional sentían una emoción intensa, porqu, si hay algo conmove-dor en este mundo de decepciones y de mise-rias, es sin duda la comunión espiritual en las Ideas nobles abstractas, la afirmación de amor y de colaboración civilizadora entre los pue-blos, el ondeamiento simultáneo de sus bande-ras a los rayos del soj y la conjunción de sus recuerdos heroicos más gloriosos en defensa de la libertad del progreso con sus esperan-zas de paz y de mutuo auxilio.
Pese al número enorme de los comensales, nada turbó la serenidad de la fiesta memorable y simpática. Parecía que, en aquellos momen-tos, no eran solamente dos naciones poderosas. sino dos continentes, los que partian el pan y la sal, para dar ejemplo al universo de pacifi-cación y de cultura.
Mas, llegado el final del banquete, alzósePoincaré con su transparente copa en la mano.
Iba a hablar, a expresar, en frases tan elocuentes como definitivas, la gratitud de Francia a
sus generosos auxiliares, la confianza de todos los trabajadores del mundo en la paz futura la esperanza en un porvenir luminoso, en que Europa y América colaborarian incesante y ardorosamente en la labor redentora de afirmación de su solidaridad, hermanada con su inde pendencia. En aquel instante, un rumor impre visto se alzó en un extremo del inmenso cenácu-lo. Turbado el presidente, vaciló un momento y. después quiso nuevamente hacer uso de la pa-labra; pero, entonces, un legionario americano, declaró en voz alla y sonora, que, tanto él como sus compañeros, habían venido a Francia a vi-sitar el teatro de la guerra y en modo alguno a escuchar discursos, que juzgaban intempesti-vos. El clamor aprobatorio de un centenar de yanquls, convenció a Poincaré de que debía re-nunciar a pronunciar su sin duda bien pensado discurso. Y sus colegas franceses quedaron atónitos, como si aquella protesta de sus hués-pedes echara por tierra todas sus ilusiones acerca de la sinceridad de los juramentos de fraternidad y destruyera sus esperanzas en un porvenir de cordialidad venturosa.
Es seguro que, terminado el banquete, el general Pershing se apresuraría a expresar a Poincaré sus más sinceras condolencias por el lamentable incidente y que buscaría disculpa a la impertinente actitud del grupo de legionarios, en su Juventud irreflexiva y en los probables excesne a que les incitaba la abstención obliga-da en su pals, de bebidas espirituosas, Poincaré se limitaría a estrechar fuertemente la mano del herolco caudillo; pero en su espíritu queda-ría, indudablemente un desencantado pesimis-mo. En todas las naciones del mundo hay toda-via una gran masa Ineducada que hace fraca-sar la labor de sus gulas abnegados y de sus educadores solicitos.
Se cara que, en clertos momentos solamente, sobra la cratoria y que, si a ella son debidas las conquistas más preciadas de la pedagogia Social también ella es culpable de haber lle-vado a las muchedumbres, con sus frreflexivos arrebatos a las aventuras más sangrientas y a las empresas más destructoras. Es cierto. Cada guerra ha tenido un Tirteo; pero cada obra de liberación ha hallado un Espartaco o un Mene-mio Agripa Sin la palabra explicativa, todo he-cho no es más que un enigma y sin el verbo vi-vificador todo hecho histórico es un cadáver a quien falta el alma. Puede ser la palabra insti-gadora aj mal, pero ha sido evangelizadora por excelencia. No basta hacer las cosas, es preciso saber por qué se hacen y, digase cuanto se quie ra en elogio del silencio, los que no hablan ig-noran el sentimiento de la fraternidad.
De todos modos, desconsuela ver que la irre-lexión de algunos jóvenes Incontinentes puede destruir la eficacia, en un momento dado, de la labor conciliadora y fraternal de muchos hom-bres sabios y previsores. ¿No será lo mismo que en el banquete de Verdún en todas las si-tuaciones y momentos de la vida? Recordemos las causas, no predisponentes, pero si deter minantes de, todas las guerras y veremos que fueron, casi siempre, arrebatos y locuras de ne-clos o de irreflexivos. nestos días han muerto los estudiantes que en Sarajevo provocaron la contienda más terrible que han visto los siglos.La Historia registra millares de frases cèle-bres; pero de todas ellas, ninguna ha sido, ni será jamás tan funesta como ésta que pro-nunciaron los perseguidores de los cristianos mártires y los Inquisidores sangulnarios, los favoritos endiosados y los pueblos encenaga-dos en el vicio o la servidumbre: "No quere-mos olr!"
Es preciso oir, oir siempre, para aprobar o para censurar, para decidirse a seguir el con-sejo o contrariarlo; pero siempre para obrar con cordura y con sensatez. Oir un discurso breve, de labios habituados a expresar verdades cientificas no es por cierto una pena dantesea insoportable y quienes después de un banquete reniegan de la palabra, demuestran que tienen más voracidad Instintiva que conciencia racio-nal de lo que han de pensar y hacer. Por eso, los legionarios imprudentes que fueron muy pocos, serían seguramente reprendidos y cen-surados, en Verdún, por sus compañeros aten-tos, que son muchos; porque a Verdún no se fué a comer, sino a morir, cuando los enemigos de la Libertad, se arrojaban en masas ciegas sobre sus murallas, y tampoco se va a comer, sino a sellar pactos de inteligencia y abnega-ción cuando, después de visitar las tumbas de cien mil héroes desconocidos se alzan las copas on oucaristia, como si ellas contuvieran la san-gre de los modernos redentores, bijos, como Je-sucristo, del Puebio.
La alianza de franceses y norteamericanos no puede ser rota; la impone la necesidad absoluta de conservar las conquistas de la Democracia y. aunque algunos jóvenes arrebatados digan en voz alta, que no quieren escuchar giros orato-rios, somos infinitos, en Europa como en Amé rica, los amantes de ja paz y de la solidaridad entre los que trabajan, que gritamos con todas nuestras fuerzas:
-St, queremos oir; porque queremos emanci parnos de la ignorancia, de la esclavitud y de la guerra.
Antonio ZOZAYA.
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